domingo, 9 de marzo de 2014

Hate.

-Bitácora 9.

Como es bien conocido, se sabe poco sobre Mormonia, y en mis intentos por llenar esos huecos de la historia, me he visto en la necesidad de encontrar y descifrar ciertos objetos por los cuales algunos pagarían inmensas cantidades de dinero.

El día de hoy conocí a una vieja gitana que me enseño varias cosas acerca de un libro que rescate hace poco. Aunque he llevado una vida de estudio, debo admitir que ese ejemplar en especial me había costado mucho descifrarlo, sin embargo después de la charla de hoy parece que leerlo será mucho más fácil de lo llegue a pensar.

La parte más curiosa del día no fueron las clases con la gitana, sino unas horas después, cuando estaba en el pub conversando con viejos conocidos que tuve la suerte de encontrarme el día de hoy; cuando de pronto el ambiente cambio totalmente.

Por la  puerta entro un grupo de mujeres, pero no era cualquier grupo de mujeres, estas eran conocidas por todos, y rápidamente el ambiente se dividió entre los que las favorecían y los que las detestaban.

Sulsas.- Escuche en una mesa cercana.

Arpías.- Dije para mis adentros. Conocía muy bien a ese grupo, durante un tiempo fueron reconocidas y ahora vivían de la fama que se habían hecho en el pasado. Y ellas me conocían a mí, no tanto como yo a ellas, pero si lo suficiente para odiarme.

Las razones que tienen para odiarme? Pues…muchas en realidad, aunque no se en ciencia cierta cuál de todas eligieron en especial, o quizá todas, a eso sumado en que he echado a perder sus planes unas cuantas veces… digamos que han hecho varios intentos para quitarme de su camino.

Aunque de momento estamos en una especie de “tregua” nos ignoramos mutuamente, aunque se bien que me temen, a mí y a los que me respaldan, quizá a simple vista yo no parezca un gran adversario, pero las apariencias engañan, a eso sumado que siempre tendré a mis Nómadas para cubrirme la espalda, en caso de que nos lo propongamos, seriamos una fuerza imparable.

Se sentaron a los lejos, pero en ningún momento dejaron de mirar hacia mi mesa, o intentar de escuchar lo que decíamos, pero vieron frustrado cada intento. Cualquiera hubiera pensado que en cualquier momento podría haberse iniciado una pelea, pero las cosas siguieron su curso, ninguno de nosotros tenía motivos reales para pelear.

Me despedí de todos y deje unas monedas en la mesa, quedaban unas horas para el encuentro que había sido decidido en la nota, y aun me quedaban algunas cosas por hacer.

El día no ha terminado, pero a mi parecer, la siguiente parte, merece tener su propia página.

-F. El Renegado de Mormonia.

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